Una vez de pie, me aleje casi como asustada, el hizo lo
mismo, miro su mano con incredulidad y se la refregó por la ropa, camine hacia
la habitación continua y cambie de nuevo la tarjeta de memoria, esta vez no me siguió,
parecía como si el también estuviera algo perturbado, me dije, es solo estática,
me suele pasar a menudo, nada que no pueda explicar, volvió a hacerse presente
la necesidad de los tranquilizantes, pero algo me distrajo, la música había cambiado,
algo más actual, era una especia de fusión entre reggae, hip hop, popo , no
algo que hubiera elegido; Lou Reed volvió a susurrarme “mostly you just maje me
mad” , ahora la sonrisa sarcástica estaba en mi cara, era como si lo hubiera
resumido en una canción, si no conocen The Velvet Underground , gooogleenlo es más
que necesario, la sola idea me cambio el humor, sabía que tendría que
enfrentarlo y verlo por dos minutos fijamente pensando en el momento más feliz
de mi vida, con los sujetos uno y dos, había puesto mi mente en blanco, tanto al
pensar en el peor como al pensar en el mejor recuerdo que tenido, en uno por
que sabía a cuál no quería enfrentarme y el otro porque en realidad no sabía si
tenía uno, nunca había sido una persona muy feliz, sentía que el pesimismo, el existencialismo
no me lo permitía. Me dije a mi misma, venga vamos, si sobrevivimos a lo peor,
seguro algo encontraremos en lo menos.
Cuando volví al estudio estaba sentado en su butaca, mirando
sus pies, tamborileando los dedos sobre sus muslos, mientras uno de sus pies
marcaba incesantemente como un metrónomo el 4 x 4 > Empezamos< dije algo más animada de lo
que esperaba, y sentí como mis mejillas se ruborizaban; pero fueron solo por
unos segundos, porque percibí de nuevo ese gesto parecido a una sonrisa que se
aventuraba en su cara y la guerrera combativa que habita en mí , no lo quería dejar ganar.
Deje la cámara en el suelo por tercera vez, puse el
temporizador, respire profundo y volví a encontrarme con el amargo dulzor de su
mirada; de repente todo desapareció, se olía el aroma embriagador del pan recién
horneado, todo parecía ocasionar de una lentitud dominical, soporoso y
embriagadoramente hermoso, el sol entraba cálido, dorado y tibio por una
ventana, la cocina primero me sorprendió por su escala, pero luego comprendí
que era yo lo pequeña, y supe dónde estaba, escuche la vibrante y aguda voz de
mi tía hablándome, corrí camino al patio y al final de la pérgola en una conversación
acogedoramente intima , estaban mis abuelos, hacia tanto que no los veía así,
que no veía el amor que se profesaban compartiendo una mirada, que sentí ganas
de llorar, las lágrimas cayeron por mis mejillas, pocas veces en mi vida había llorado
de alegría, esa era una de ellas, se habían ido hace tantos años, que verlos ahí
tan nítida mente me sobrecogió, un idea
fugaz paso por mi mente, había sido una nieta muy querida, por ambos lados, habían
compartido conmigo sus alegrías y tristezas tanto los padres de mi madre en ese
momento, como los de mi padre, en mis dolores; voces de muchos niños que bajaban de una especia de casa sobre un árbol
de pomelo, me volvieron en mí, eran mis
primos, se peleaban entre ellos
por dejar jugar, uno decía que si el otro que no que yo era una niña, que eso
eran juegos de niños, pero mi primo favorito siempre ganaba, el me protegía, él
siempre había estado ahí para mí, era mi héroe , todo lo que con los años nunca
pude encontrar en un hombre, amable, cariñoso,
tierno, sincero, pero sobre todo él nunca había hecho diferencias, yo era su
compañera de juegos, no importara que fuera una niña; la cima del árbol parecía
como si hubiera escalado el más alto de todos los picos del mundo, era la una niña
por ahí, entre tantos niños y yo también lo había logrado, fantaseamos,
inventamos cuentos, historias, nunca jamás se materializaba frente a nuestros
ojos de niños, y esa casa siempre guardo ese recuerdo, esa enorme felicidad de
ser aceptada y amada, del amor fraternal y puro, de la infancia donde la simpleza de la vida florecía en
miles de nuevas experiencias, donde las preocupaciones
son existían, y el aroma de la comida de mi tía nos llamaba desde la comida a
la hora de la merienda, para deleitarnos en el abrazo maternal, de un dulce
hecho en casa untado sobre el pan recién horneado.
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