He vuelto al gris monótono de todos mis días, como si la película
lenta y agobiante volviera a rodar, con su trama acongojada y miserable, parsimoniosa,
esquemática y lúgubre, como gotas de lágrimas postreras que divagan por la
mejilla antes de sucumbir en la comisura de un labio cuarteado y doliente.
Mis manos me regalan un descanso, mis ojos siente el cansancio
de la mitad del día arrastrando mi anterior semana de ausencia, la melodía retumba
dulce y enérgica desde los altavoces tratando que mi humor no decaiga, que la
trampa de lo apremiante, no termine por rematar, al moribundo pájaro azul que
habita en mi cabeza.
Su voz es un regalo, un pequeño lujo que me permito aunque
no deba, una ilusión casi infantil, que pretende mitigar el hastío, la musa que
siempre es bienvenida, un amigo tácito compartiendo mis secretos a la distancia, un nosotros que
no existe, esta conversación unidireccional que enternece mis letras.
He vuelta a la silla, al escritorio, al monitor luminoso en
una sala a oscuras, a las canciones aislándome de mi entorno y los problemas
rondando mi mañana, a estas letras que se escapan presurosas en un recreo y el
peso que de apoco vuelve a someter a mis rodillas, a tratar que claudique y me arrodille, para que al fin pierda toda batalla posible, y sucumba a lo que se
espera de mi aunque mi alma quiera explotar en tecnicolor .
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