domingo, 24 de noviembre de 2019

Anonimato del día a día



Aveces quisiera tener certeza que los domingos por la tarde, cuando todo parece en cámara lenta, tendré a alguien para compartir la modorra, la simpleza de tirarse frente al televisor a ver películas sin trama profunda, a sentirme querida recostada sobre su regazo usándolo de almohada, mientras el sigue con sus cosas; compartir un bol de palomitas de maíz  y si el día lo merece una que otra cerveza.
Los domingos siempre son melancólicos, cuando mi cama vacía me recuerda lo que nunca he alcanzado, ese amor simple y cotidiano que se sintetiza en un abrazo, ese que no necesita regalos ni fechas, ese que se sorprende genuinamente con el mínimo gesto de cortesía, que atesora los momentos compartidos, como si no hubiera mañana; quiero ese tipo de amor que entiende el silencio, que mantiene las individuales, que no da por sentada las cosas, que habla y discute, pero jamás duerme separado; quiero esa clase de amor que ayuda y desafía, que te empuja siempre a ser mejor persona, que se alegra con tus logros y te reconforta en las desgracias; quiero esa clase de amor que combate el insomnio y las pesadilla, que se nutre de música y poesía, que es cálido como el aroma de café y mágico como un té del oriente.
Se que tal vez la gente valore de más los grandes gestos; los regalos lujosos y tantas publicaciones de amor en las redes sociales; pero yo solo quiero que alguien me quiera en el anonimato más sencillo de el día a día.

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