Rondas en mi cabeza, insistente, lúdico, rubicundo y fugaz,
como un beso adolescente, con esa confianza intacta, y la jovial entereza en
que te reafirmas como obra en progreso.
Tu voz se escapa entre mis manos, convirtiéndose en trazo,
en poco agraciado pero reconfortante retrato, en infinidad de formas etéreas y
sutiles como las notas del piano.
Resuenas cosquilleando en los límites de mi nuca, y las
palabras vuelven a brotar, como solían hacerlo convirtiéndote en musa, en
sendero iluminado para la llegada del que sepa entender el mapa de mi alma
cifrado en versos.
Después de días de oscura tormenta, de ardor al respirar, de
una batalla sin tregua para que mi cara sonría cuando mi corazón llora, he
vuelto a sentir paz, y es gracias a ti, a la suave arrogancia de quien sabe que
el silencio es parte también de esta sinfonía imperfectamente hermosa llamada
vida.
La pregunta se hace latente, he vuelto a atravesar los
sentidos, a escuchar con el tacto, a oír con el gusto, a ver con las manos y
volar en el viento, he vuelto a convertir a la musa en poema, en retrato, en talismán
que cura y mariposa renacida.
No me sueltes la mano, recorre esta vía regada de estrellas,
acariciada por la noche, por la lluvia que tintinea, y los ruidos blancos que
siempre me acompañan, para llegar a ese acantilado hermoso, al refugio, a la
morada propuesta hace años por mis letras, estas que esperan comprendan su
llamada.
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