El maneki neko en el llavero de auto,
sonríe,
suena,
llama a la Providencia
mientras lo miro con indulgencia,
como si no tuviera la suficiente fe
en el talismán que amorosamente
me regalaron.
El cinismo
muchas veces nubla la mirada,
el asfalto mojado por la garúa,
me recuerda al color de mi alma.
Sin embargo él sigue cascabeleando,
susurrando "se posible",
tintineo tras tintineo
intuye mis anhelos,
juega con un "quizás"
que se ha borrado de mi vocabulario,
Trata de amainar a la fiera,
al impredecible cancerbero
que resguarda bajo su garra mi corazón.
Su felina hermosura me tienta,
me canta,
repite la historia de sus hazañas,
tratando que gélido desdén del pasado
no barra por completo toda esperanza
sonríe,
suena,
llama a la Providencia
mientras lo miro con indulgencia,
como si no tuviera la suficiente fe
en el talismán que amorosamente
me regalaron.
El cinismo
muchas veces nubla la mirada,
el asfalto mojado por la garúa,
me recuerda al color de mi alma.
Sin embargo él sigue cascabeleando,
susurrando "se posible",
tintineo tras tintineo
intuye mis anhelos,
juega con un "quizás"
que se ha borrado de mi vocabulario,
Trata de amainar a la fiera,
al impredecible cancerbero
que resguarda bajo su garra mi corazón.
Su felina hermosura me tienta,
me canta,
repite la historia de sus hazañas,
tratando que gélido desdén del pasado
no barra por completo toda esperanza
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