La noche era fría, la ciudad se veía desprotegida; desprovista de caminantes; la humedad reinaba; la tenue llovizna regaba las
calles; ella seguía manteniendo la mirada baja, perseguía sus propios pasos, la música
que salía de sus auriculares la mantenía aislada, de una realidad apremiante a la que no quería volver. Las manos en los
bolsillos de la campera; la nariz helada; el cabello alborotado; los
pensamientos guiando la conversación, estruendosamente silente de la cabeza y el
corazón. El invierno susurraba sus verdades traídas desde el sur; desde el
lugar que la llamaba; que la esperaba; desde el cálido refugio que hace mucho; en un tiempo y espacio que no se pueden precisar; le prometieron. Sintió los
pasos apurar su ritmo; como si la persecución hubiera empezado; como si ella no
fuera la protagonista; el escalofrío recorriendo su cuerpo cada vez más imbuido
por la lluvia; la respiración agitada; el temor caminado por la piel; el
Minotauro aún al acecho, y las calles hechas laberinto; bajo la luna llena, que
se negaba a salir detrás de una nube. La presa muchas veces se deja vencer por
el cansancio producido por el acecho. La víctima aprieta el puño; contiene las lágrimas; retiene el sollozo, y espera lo inevitable.
Es su garra oprimiendo el pecho; recordándole cuál es su lugar; devolviéndola
a las profundidades; a la laguna quiescente, doliente, y repetitiva; que su
enamorado le supo regalar. Quien le dio permiso a las tinieblas de nombrarla Perséfone ?, quien la convirtió en su amante?, quien la llenó de obsequios que no quiso recibir?. Los pasos
se enlentecen; la luna por fin ilumina su gélida contienda; el embotamiento
busca un respiro; una página vacía; un descanso; las llaves del auto tintinean; es el amuleto que le regalaron; por un segundo levanta la mirada; mira a su alrededor, y no ve nada; aun así lo presiente; lo sabe; calla; desbloquea las puertas; enciende el motor; pone la calefacción; calienta sus manos respirando a través de ellas; tantea entre sus cosas para encontrar
el teléfono; el GPS marca sus destino final de esas noche; mientras
la música alegre suena en la radio; práctica la sonrisa falsamente necesaria que tendrá que
dar al llegar; las realidades pierden sus fronteras y la respiración consciente
vuelve a mermar. Las calles desiertas, las metáforas cancinas y una estrella a
lo lejos queriendo consolarla.
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