Los feriados tienden a que me pierda entre
las sabanas, aun cuando insistes en que salgamos, en que vayamos a alguno de
esos lugares nuevos de los que te comentaron, pero en verdad después de los
días agotadores y de no haberte visto en
semanas lo único que quiero es quedarme en cama, abrazarte como si fuera la
primera y última vez, dormir, dormir
de verdad, sin miedos, sin que mis pesadillas ahuyenten el disfrute, y eso solo
pasa cuando exhausta, me acurruco entre tus brazos, y arrullada por el latido
de tu corazón, me siento en casa, a salvo, y las murallas se derrumban, y la
guardia esta baja, porque contigo no necesito pelear.
No tiene por qué ser una dicotomía, pasar tiempo contigo, y hacer
cosas, hablar, o simplemente descansar y respirar aliviada porque cuando estas
a mi lado todo parece posible, mis ideas toman forma encontrando la solución a
eso que me agobiaba, porque en el silencio tranquilizador de tus abrazos sé que
no le tengo que probar nada a nadie y puedo ser yo, y sé que inmortalizarte en palabras, eternizarte entre
prosas y poemas es la mejor forma de tenerte cerca cuando te vuelvas a ir.
Sé que lo entiendes, prendes la luz de la
mesa de noche, estiras el libro que llevo diciéndote meses que leas, y cuando
mi cuerpo se relaja por completo, me acomodas a tu lado, mirando mientras
duermo, sé que lo haces porque me lo sueles comentar, dejas que el gato duerma
a mis pies y luego de unas cuantas páginas, entienden el poder de esas sabanas
compartidas, la necesidad de quietud que ambos necesitábamos para solucionar
las distancias.
El sol me acaricia la mejilla, abro los
ojos preocupada porque mi despertador no ha sonado, me tomas de la cintura
estirando me hacia ti, susurras a mi oído que aun es feriado, pero que ahora
eres tú el que necesita el poder sanador de algunas horas más compartiendo nuestra
cama.
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