martes, 21 de febrero de 2017

Desde lo alto de Monserrat



El vértigo se apodera de mí, respiro profundo trato de pensar en lo hermoso de la vista, siento como el sol cálido acaricia mis mejillas, tu mano apretando fuerte la mía; el susurro casi imperceptible de tu voz preguntando como estoy; por supuesto que no son un secreto para ti mis fobias y manías, en este momento agradezco que así sea, agradezco que simplemente tomes mi mano, que dejes que yo lo enfrente, sin tratar de protegerme cual héroe de cuento.
Bajamos del funicular, y nos encaminamos con la multitud, de inmediato siento el magnetismo casi mágico, místico del lugar, escuchamos vagamente todo aquello que tiene que ver con las instalaciones y la iglesia, en un instante la vista me hipnotiza, te abandono sin darme cuenta y sigo mis pasos sin saber dónde me llevan,  paso enfrente de algo así como una feria, la gente habla, el día es hermosamente perfecto, el sol abraza en una justa caricia, mientras el viento juega con mi cabello recordándome que a pesar de todo sigue siendo invierno, escucho tu voz, doy vuelta la cabeza  para topetarme con tu cara de fastidio, no es la primera vez que me encamino sin rumbo premeditado siguiendo una sensación que me atrae, sonrió y cambias el tinte de tu mirada devolviéndome la sonrisa, me alcanzas sin que ambos apartemos por un minuto la mirada el uno del otro, me das un beso rápido, niegas con la cabeza y dejas que mi derrotero nos guie, en el instante preciso para que deteniéndome gire a mi derecha en una monumento de piedra y suelte un suspiro por lo sobrecogedor de la vista.
Mis piernas flaquean, sé que te has dado cuanta cuando me sostienes por la cintura con tus brazos que desde atrás me rodean, apoyas el mentón en mi hombro y dejas que el sol, la vista, el viento, el misticismo de ese lugar nos cobije, el silencio lo dice todo, sostengo sin darme cuenta la respiración, hasta que un susurro de tu voz me recuerda  >>respira<<, lo hago, me acomodo entre tus brazos y sostengo el silencio que entre ambos es habitual; no necesitamos más que eso.

Me suelto gentilmente y sé que voy a atesorar este momento por muchos años , que lo relataremos y nadie lo creerá, un gato desperezándose en la cornisa de rocas distrae mi atención de ese pensamiento, lo persigo con la vista, las personas que nos acompañan nos han encontrado, respondo cordialmente su pregunta, tú haces lo mismo; pienso mientras nos alejamos de aquel lugar tomada de tu mano, que a mi abuela le hubiera encantado, mis ojos se cristalizan por las lágrimas contenidas, lo presientes, suenas a tenue llovizna de verano reconfortándome, me despabilo para responder algo sobre el almuerzo, me ayudas siendo más específico y gentil, mientras dejamos atrás un sitio que recordaremos siempre.

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