martes, 21 de marzo de 2017

Los techos de la sagrada familia


Tu voz se escucha en un susurro junto a mi oído , vuelvo en mí, no sé cuánto tiempo llevo embobada mirando para arriba, creo que desde que pasamos la seguridad y vi de cerca el edificio y su magnificencia, te escucho contarme algo que ya se sobre los vitrales, lo estás leyendo de un libro que compraste antes de entrar, de la tienda de recuerdos, insististe argumentando que yo ya había estado allí y que suelo saber más de estas cosas que vos y que me distraigo fácilmente y no sabes dónde voy.
>>Me fascina tu cara de niño en juguetería<<, dices luego de mi tercer “ya se eso” y mi vuelta a perderme en la intrincada confluencia cual arboleda de las columnas al llegar al tope de la nave principal, se me escapa un Heeee gutural y un tanto impropio, lo sé porque al volver en mi por segunda vez en un corto periodo de tiempo, veo la cara de desaprobación de una vieja estirada un poco snob que camina con un guía personal que le cuanta miles de detalles que ya he leído en un libro, ríes negando con la cabeza  y llevando una mano a la frente para reforzar el punto, me encojo de hombros y hago un gesto al deletrear sin decir la palabra “PERDON”.
Al dejar atrás los cuatro pasos que nos separan, tomas mi mano, me adviertes que no quieres una clase de historia cuando amago contarte donde estaba perdida, ahora soy yo la que niega, nunca me aburro de tu desparpajo y cinismo.
 Me guías como lazarillo cuando vuelvo a perder la mirada en el techo y en las escalera, me llevas de la cintura mientras camino y de vez en cuando aunque advertida suelto una que otra cosa que leí, remedándome con sarcasmo dice “ya se eso”, casi tropiezo con alguien  la quinta vez que lo dices y me atraes con fuerza hacia vos; >>me extraña que no hayas sacado la cámara<< dices bajito cuando trato de equilibrarme para que ambos no caigamos de bruces al suelo, te miro casi enojada porque tu comentario se amalgama  con un grupo de turistas se nos une con una guía y el torbellino de tecnología que les caracteriza entre el arte y ellos, unos cuantos selfies después se mudan dejándonos casi solos en ese rincón me suelto un poco y busco la cámara que llevo en el bolso, siento más que veo tu sonrisa autosatisfecha y  el  “ya me parecía” en mi espalda.
Vuelvo a perder la noción del tiempo y el espacio, la luz y su juego con las formas, las sombras que crean emocionan mis sentidos, me sobre salta el obturador de tu analógica, dos segundos después te miro con cara de tedio, sé que fue otro retrato mío, todavía no me acostumbro a ser el sujeto en tus fotografías, pero con tal que  no las tengo que ver  colgadas en el departamento, ya  me resigne hace meses; me haces un gesto que me recuerda alguna conversación convertida en discusión sobre el tema, y eso me hace hacer un ademan …perdí esa batalla.

Tu “muero de hambre” me distrae de la catalogada numeración mental de fotografías que tengo, asiento con la cabeza, mientras mentalmente descarto, >>dos más<< digo, paso a tu lado y te doy un beso en la mejilla; y unos veinte minutos después caminamos a la salida, mientras me dicen>>- ya quiero ver tus fotos, siempre es un placer verte perdida en tus pensamientos cuando llegas a lugares como este, nunca pierdes la capacidad de asombro como si no lo conocieras<<. Ladeo la cabeza gatunamente y te miro con amor a los ojos solo para volver a darte un beso y las gracias.




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