No entiendo aun cuál es ese poder que Chopin tiene sobre mí, sobre mis letras, siento como
si las notas se deslizaran por mi cuerpo, como si la sensorialidad de cada
acorde percutiera sobre mi piel, como si
su sutileza, su elegancia, sus largos y preciosos dedos bailaran sobre mi como
entre blancas y negras.
Son lo bemoles, ese dejo melancólico y a la vez lascivo, que
me dicta poesías, que susurrante enciende lo que unas manos cansinas le niegan
a la noche, la verdad resumida en una fábula de Bécquer, la valía con que las
letras distinguieron a Goethe, y mi sur abrazándome la cintura, tentador y sutil
como el recado que me entrega, la nítida llovizna que se extiende desde las
notas de un tango y él aguardando el encuentro.
Es que acaso solo yo discurro en tan osada prerrogativa, en
tan inusual experiencia, en la completa sin razón, que la razón devela, el
tacto compartido en una insolita cadencia, mis manos buscando palabras, las
suyas tarareando obras, el sintético y estéril paraje que “la boheme” evoca.
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