Hace tiempo que no hago esto, que no comparto con el mundo
la alegría que sintetiza el verte desde mi rincón del sofá, de reojo, cuando la
cotidianidad entra como los rayos del sol por la ventana una mañana de domingo.
Me gusta esconderme de tras del libro que llevo casi un mes leyendo, sin pasar
las paginas, recopilando de reojo cada uno de los fragmentos que más tarde
terminaran siendo parte como estos de mis letras, sé que no te gusta del todo
que fragmentos tan esporádicos de nuestra vida juntos, se escabullan de mis
manos, para que los lea cualquiera, de todos modos ya lo hemos hablado, nadie
me conoce, tienes suerte que ser invisible sea mi mejor cualidad, no entiendo
aun como hiciste para verme, pero cuando en silencio y a lo lejos , recojo ese
brillo casi infantil que reluce en tu mirada cuando me miras, siento que
no existe nada más en el mundo que ese instante, esa franca y abierta sonrisa que por desgracia le niegas al mundo, y para
mi suerte me regalas hermosamente, cuando tranquilo, inocente y exento de todo
prejuicio, compartes conmigo algo que realmente te apasiona. El pecho se me llena
de aire, casi como si respirar fuera agradable, cada vez que te siento así, que
te veo así, tan único, tan feliz, tan simplemente tú, que no puedo contener
unas lágrimas de alegría, es mágico ser parte de tu vida, de este albergue para
corazones rotos que construimos. Sigo riendo, la carcajada me ha hecho doler la
boca del estómago, es que persigues al gato por la sala tratando que tome el
medicamento que el veterinario nos dio para él, tu cara ha vuelto a su habitual ceño
fruncido, arrodillado estiras la mano debajo de la mesa de centro para sacar al
gato, y cuando al fin lo tienes, giras hacia mí con una reprimenda en los
labios, que expira al ver que sigo sonriendo, sabes que eso no es algo que hago
a diario, y tu mueca se suaviza y tus palabras se silencian, mientras tus ojos
marrones, simples, almendrados y sinceros, me hablan en este dialecto
desconocido que supimos inventar para nosotros. El gato salta de tus brazos
hacia mí, lo acaricio, le digo cosas dulces que casi nadie ha oído jamás
pronunciadas por mis labios, niegas con la cabeza, cuando el salta y se esconde
de nuevo bajo la mesa; con un >me rindo< cortas el silencio, tomas tus
auriculares , acomodas tu cabeza en mi regazo, sigo tus acciones una a una,
tomas mi muñeca izquierda y la llevas hacia tú la boca, me das un suave beso
sobre el tatuaje, sonríes porque sigo embobada con tus actos y dices >
vuelve a leer, antes que termine una vez más convertido en letras< y la seguridad
de que me entiendes dibuja una sonrisa en mi cara, que se mantiene antes que me
pierda en la trama del libro del que nuestra cotidianidad me saco por un rato.
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