La llovizna humedece el tapado negro que
compre hace unos días; mi cabello es un verdadero lío; los adoquines de las
calles me recuerdan mi fotografía favorita de Brassai; aparentemente es temprano
pero los días son cortos, la gente camina frenética de un lado a otro, había
olvidado que era horario laboral, suele suceder cuando estás en el paro(como
dicen los españoles); le doy otra vuelta a mi bufanda , me sofocó un poco por
que al tratar de no parecer turista he adoptado el paso acelerado de la ciudad;creo que me he caído una infinidad de veces, y otras tantas he pedido
disculpas; es peor que mi mal hábito de leer caminando; pero no puedo
sacar mi vista de los edificios, de alguna que otra persona que aún bajo la
insistente garúa camina como si nada; a las ropas que llevan; a los amantes
tomas de las manos; a un punk que desentona en una banca de un parque cerca de los juegos de niños; llevo horas girando al azar, viendo poemas
sueltos, cuentos fantásticos caminando por las veredas; las calles parecen
sacadas de algún libro que he leído ,las personas son como actores de alguna
película, y yo sigo insistente con esa manía mía de narrador
omnipresente viéndolos y escuchando en mi cabeza la descripción perfecta de cada momento.
Siento frío, eso ocurre pocas veces, la verdad, es que las temperaturas bajas, el sol que ya se extingue y la lluvia no son
buenos compañeros; vuelvo a apurar el paso, una idea destella fugazmente entre mis recuerdos cuando bajó los escalones del subterráneo; caliento mis
manos que casi no siento respirando entre ellas, mi nariz está helada; todos
hablan; el sonido es sordamente abrumador; mucho que ver por todos lados y el
cansancio se va a ponderando de mí; sé que compulsivamente trato de
arreglar mi cabello que es un desastre mojado; tomo la línea
que me lleva a mi destino automatamente como el resto; subo los escalones al llegar a mi parada para salir a la superficie,
caminó tres cuadras; sacó las llaves del bolsillo y lo veo en el umbral; con la
certeza de su equivocación dibujada en el semblante; con el punto de humedad y
frío que casi asegura un resfriado; con las ojeras remarcando sus ojos rojos y sé
lo que sigue; conozco el contenido de la conversación; de la realidad que ambos
sabíamos era inminente; abro la puerta, subimos en silencio en el ascensor; la
puerta del departamento que una vez llamamos hogar se siente como el depósito
vacío; me saco el abrigo, hace lo mismo; por un momento olvido mi nariz, mis
manos, el espectáculo poco agradable de mis rulos revueltos , camino a la cocina para calentar agua; algo
me dice que dos tazas de té no va a alcanzar, y cuando creo que por primera vez
en un largo tiempo puedo tener una conversación adulta, dice “por qué estás empacando?” y sé que nada ha cambiado; que sigue siendo el mismo; oportunamente
se escucha el cerrojo de la puerta; en medio de la peor ordenada y egoísta de
las peroratas que alguna vez puede escuchar; se abre la puerta y eres tú; su cara se
transforma a ver el brillo en mis ojos y peor aun cuando el saludo es cordial
de tu parte; ambos sabemos que esto, digo su presencia, no es más que una
infructuosa artimaña al enterarse de tu existencia;
incómodamente busca una excusa poco creíble; de esas que se antes que salgan de
su bocas que no son ciertas; me miras porque sabes que lo sé; camino con él
a la puerta; la despedida es corta, algo incómoda; al darme vuelta, la hervidora eléctrica acaba de volver a saltar, el
té vuelve a ser para dos, el sillón que aún queda en la sala lleva a que me
acurruque en él, y la pregunta no se verbaliza, sé que es parte del espacio que
me das, y antes de repetir lo obvio empiezo a divagar sobre mi paseo y concluyo
abrigándome en tu abrazo sanador que recupero mis ganas de vivir.

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