martes, 13 de septiembre de 2016

Posiblemente ocurrió así


La llovizna humedece el tapado negro que compre hace unos días; mi cabello es un verdadero lío; los adoquines de las calles me recuerdan mi fotografía favorita de Brassai; aparentemente es temprano pero los días son cortos, la gente camina frenética de un lado a otro, había olvidado que era horario laboral, suele suceder cuando estás en el paro(como dicen los españoles); le doy otra vuelta a mi bufanda , me sofocó un poco por que al tratar de no parecer turista he adoptado el paso acelerado de la ciudad;creo que me he caído una infinidad de veces, y otras tantas he pedido disculpas; es peor que mi mal hábito de leer caminando; pero no puedo sacar mi vista de los edificios, de alguna que otra persona que aún bajo la insistente garúa camina como si nada; a las ropas que llevan; a los amantes tomas  de las manos; a un punk que desentona en una banca de un parque  cerca de los juegos de niños; llevo horas girando al azar, viendo poemas sueltos, cuentos fantásticos caminando por las veredas; las calles parecen sacadas de algún libro que he leído ,las personas son como actores de alguna película, y  yo sigo insistente con esa manía mía de narrador omnipresente viéndolos y escuchando en mi cabeza la descripción perfecta de cada momento.

Siento frío, eso ocurre pocas veces, la verdad, es que las temperaturas bajas, el sol que ya se extingue y la lluvia no son buenos compañeros; vuelvo a apurar el paso, una idea destella fugazmente entre mis recuerdos cuando bajó los escalones del subterráneo; caliento mis manos que casi no siento respirando entre ellas, mi nariz está helada; todos hablan; el sonido es sordamente abrumador; mucho que ver por todos lados y el cansancio se  va a ponderando  de mí; sé que compulsivamente trato de arreglar mi cabello que es un desastre  mojado; tomo la línea que me lleva a mi destino automatamente como el resto; subo los escalones al llegar a mi parada para salir a la superficie, caminó tres cuadras; sacó las llaves del bolsillo y lo veo en el umbral; con la certeza de su equivocación dibujada en el semblante; con el punto de humedad y frío que casi asegura un resfriado; con las ojeras remarcando sus ojos rojos y sé lo que sigue; conozco el contenido de la conversación; de la realidad que ambos sabíamos era inminente; abro la puerta, subimos en silencio en el ascensor; la puerta del departamento que una vez llamamos hogar se siente como el depósito vacío; me saco el abrigo, hace lo mismo; por un momento olvido mi nariz, mis manos, el espectáculo poco agradable de mis rulos revueltos ,  camino a la cocina para calentar agua; algo me dice que dos tazas de té no va a alcanzar, y cuando creo que por primera vez en un largo tiempo puedo tener una conversación adulta, dice “por qué estás empacando?” y sé que nada ha cambiado; que sigue siendo el mismo; oportunamente se escucha el cerrojo de la puerta; en medio de la peor ordenada y egoísta de las peroratas que alguna vez puede escuchar; se abre la puerta y eres  tú;  su cara se transforma a ver el brillo en mis ojos y peor aun cuando el saludo es cordial de tu parte; ambos sabemos que esto, digo su presencia, no es más que una infructuosa artimaña al enterarse de tu existencia; incómodamente busca una excusa poco creíble; de esas que se antes que salgan de su bocas que no son ciertas;  me miras porque sabes que lo sé; camino con él  a la puerta; la despedida es corta, algo incómoda; al darme vuelta, la hervidora eléctrica acaba de volver a saltar, el té vuelve a ser para dos, el sillón que aún queda en la sala lleva a que me acurruque en él, y la pregunta no se verbaliza, sé que es parte del espacio que me das, y antes de repetir lo obvio empiezo a divagar sobre mi paseo y concluyo abrigándome en tu abrazo sanador que recupero mis ganas de vivir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario